Comencemos con la Historia
A translation into Spanish of "Beginning With History" (Views), from the September 2008 print edition of Chronicles: A Magazine of American Culture.
Todo papanatas puede escribir sobre la historia y, efectivamente, muchos son los papanatas que lo hacen. Con decir esto yo no quisiera, ni mucho menos, dar la impresión de que se debería menospreciar al historiador aficionado ni encomiar al "profesional". En el campo de la historiografía es a menudo el aficionado el que viene con grandes dotes, mientras que existen "expertos" pretenciosos, necios y encantadísimos de conocerse a sí mismos, que se creen los depositarios de la Verdad. Para hacerse un buen historiador lo más importante no es tanto una fuerte dosis de formación "profesional" sino más bien las cualidades necesarias para un buen jurado: la inteligencia y el saber evitar juicios precipitados. Además debe poseer cierta capacidad para llegar al fondo de las cosas, para saber sopesar honestamente las pruebas y para imaginarse tiempos y lugares ya irrecuperables en persona. No hay jurado, claro está, que sea completamente capaz de librarse de sus propios prejuicios, pero hay unos que son más honestos y más justos que otros.
Cualquiera que haya seguido de cerca las resonantes proclamaciones emitidas por las bocas y por los procesadores de textos de los profesores de historia (y de historiadores empleados por el Estado) en los últimos años ya debe de haber perdido toda su confianza en la competencia y en la buena fe de estos llamados expertos. Y eso sin haber presenciado siquiera la destrucción sistemática de la integridad de los programas de estudios de postgrado. Érase una vez los profesores de historia, cualesquiera que fuesen sus puntos de vista o sus dotes como profesionales, habían de demostrar su valía por el rigor científico de sus investigaciones en las que debían recurrir sobre todo a fuentes primarias. Además, se esperaba que supiesen realizar exposiciones equilibradas y bien escritas. Pero hoy día, con creciente frecuencia, muchos historiadores conocidos sólo se destacan por el número de años que estos hayan pasado estudiando o por la medida en que se hayan hecho eco de las posturas exigidas por la moda, posturas que les habilitan para servir de voceros de la corte de lo políticamente correcto. Así ha sido reemplazado el jurado por el Komisario.
Un joven no debería emprender el estudio de la historia con el fin de hallar conclusiones definitivas, sino para ampliar la conciencia. La historia trata de la vida humana—del conflicto entre los diferentes enfoques, experiencias y valores de las personas, y cada experiencia humana podría verse desde ópticas discordes. Hasta los "hechos" a menudo no resultan ser tan firmes como parecían, pues estos, a su vez, han sido seleccionados de entre una amplia gama de posibilidades. La vida humana (y, por consiguiente, la historia) no es una proposición lógica, ni es, principalmente, una fuente de diversiones, ni una mina de preceptos ideológicos, ni un depositario de conclusiones comprobadas e irrefutables, sino un drama que tiene lugar en la mente de Diós y sólo Dios sabe el desenlace. Nos esforzamos por comprender el misterio que es nuestra existencia, y dado que somos seres humanos, todo lo humano nos debería interesar.
El orientar a los jóvenes en sus estudios de la historia supone un gran desafío, sobre todo en lo que respecta la Guerra de Secesión (el nudo gordiano de la historia de los Estados Unidos), sus causas y sus consecuencias. Felizmente, como punto de partida disponemos de The Civil War: a Narrative de Shelby Foote, magnífica obra maestra de talla mundial y de lectura amena que nos cuenta lo más importante del conflicto—las experiencias vividas por las personas—y nos las relata con profundidad, imparcialidad y perspicacia. Foote, nótese bien, no ejercía de historiador de facultad sino que se ganaba las habichuelas como novelista. No obstante eso, Foote entendía bien que tanto la metodología historiográfica como la empleada en la creación de ficción, aunque diferentes, aspiraban a descubrir las mismas verdades subyacentes en la experiencia humana. Sobre la Guerra de Secesión, y la era de la "Reconstrucción" que la siguió, hay más de verdad en las 300 páginas de The Unvanquished [Los invictos] de William Faulkner que en un millón de palabras escritas por muchos especialistas "profesionales". Lo mismo podría afirmarse acerca de las novelas de George Garrett, ambientadas en los tiempos de la reina Isabel I de Inglaterra.
Por regla general, los estudios realizados durante la primera mitad del siglo XX sobre la historia de los Estados Unidos son más fehacientes que aquellos que se habían publicado antes y que los que se publicarían después. Gran parte de la historia que, durante el siglo XIX era dada por establecida (y por tanto irrefutable), no era sino reflejo del punto de vista de cierta gente que daba por sentado que habitaban en el centro del universo—Boston. Desde mediados del siglo XX los estudios históricos procedentes de los centros académicos se han vuelto, y siguen volviéndose, cada vez más abiertamente partidistas, y hasta la historiografía dirigida al pueblo llano ha cedido bajo el peso de las mismas influencias, cayendo ella también en deterioro.
Muy probablemente durante el siglo XXI, se asistirá a la sustitución de la historiografía, en su papel de empresa intelectual, por organizaciones subvencionadas y controladas con miras a imponer la uniformidad de pensamiento. La primera mitad del siglo XX, si bien no precisamente utópica, fue el período cuando se produjo, en Estados Unidos, la historiografía más fidedigna.
Puede encontrarse mucho de bueno, aunque poco de sobresaliente, en los libros que tratan el tema de la Guerra de Secesión estadounidense. Esta temática en sí merece una bibliografía anotada de la extensión de un libro entero. Pero, hechas estas salvedades, empecemos por recomendar los siguientes libros: los tomos de Shelby Foote para la narración de la historia; North vs. South de Ludwell Johnson para la exposición de los hechos, los datos, los problemas y las cuestiones políticas de la época que abarcaban los años 1848-1877; The Coming of the War de Avery Craven para las causas del conflicto, y, para las consecuencias de este, The Story of Reconstruction de Robert Selph Henry. Algunos "estudiosos profesionales" nos dirán, con previsibilidad pavloviana, que las obras arriba citadas han caido en desgracia ante las embestidas de la "nueva historiografía", y he aquí la mentira de siempre. Muchas obras que ya no están de moda no fueron jamás rebatidas y, aún por encima, fueron escritas por personas que, en su erudición y en su honestidad intelectual, superaban holgadamente a sus críticos los cuales frecuentemente no habían leído siquiera las referidas obras, y menos aún habían recurrido a las fuentes de estas. Las obras a que me refiero han sido descalificadas por incumplimiento con las obligaciones multiculturalistas.
A los padres que imparten clases a sus niños en el propio hogar, les recomiendo dos "series" de libros que les podrían servir bien de fuente para la lectura. Están agotadas pero son todavía fáciles de encontrar. Para el uso de escolares de la escuela primaria recomiendo la serie Landmark Books, publicada en los años 50 y 60 por Random House, que versan sobre muchos de los temas de importancia histórica. Estos libros además están escritos en una manera estimulante. Convendría a los alumnos de la secundaria la lectura de los libros de la serie Yale Chronicles of America, de unos 50 tomos, publicados en los años 20. La calidad de estos últimos es, por supuesto, un tanto desigual pero cubren una gran variedad de temas muchos de los cuales han quedado borrados de la memoria colectiva de nuestros días. Los jóvenes además podrían recurrir a algunos libros que ya han sido descubiertos por muchos, a saber: The Real Lincoln [El verdadero Lincoln] de Thomas Di Lorenzo, The Politically Incorrect Guide to American History [La guía políticamente incorrecta de la historia estadounidense] de Thomas Woods, y The Politically Incorrect Guide to the Constitution [La guía políticamente incorrecta de la constitucion estadounidense] de Kevin Gutzman. Estas obras sacan a la luz la sarta de mentiras, nuevas y antiguas, que, en los Estados Unidos de hoy, se hacen pasar por verdades. (Yo pensaba que sería la persona idónea para escribir The Politically Incorrect Guide to the Civil War [La guía políticamente incorrecta de la guerra de secesión] pero la editora requería a un escritor más joven y más buen mozo que yo).
Dicho esto, la juventud de estos días debería cuidarse mucho de evitar caer en la trampa, por desgracia muy común, de colocar a los Estados Unidos en el centro y en la cúspide de la trayectoria histórica del mundo. Los Estados Unidos son un país aún joven y, en cierto modo insuficientemente puesto a prueba, es decir, todavía demasiado bisoño como para merecer ser objeto del interés profesional de un gran historiador (aunque John Lukacs, europeo de educación, ha acometido esta tarea, en parte, en su libro Outgrowing Democracy [Dejar atrás la democracia, o desengancharse de la democracia]). Aparte de Lukacs, quizás habrá habido sólo dos historiadores norteamericanos que podrían considerarse de talla mundial: Henry Adams, brillante pero retorcido, y el antiimperialista valiente Charles A. Beard. Algunos historiadores "conservadores" (léase: monaguillos del "gran capital" y del partido Republicano) se han esforzado por descalificar a Beard pero las obras de este (por ejemplo The Rise of American Civilization [El ascenso de la civilización norteamericana] y sus estudios sobre el ataque a Pearl Harbor continúan siendo de gran relevancia y de amena lectura).
Yo no aconsejaría la lectura de muchos libros especializados en la historia de los Estados Unidos sin que uno se hubiese familiarizado previamente con las disquisiciones de los grandes historiadores de la Antigüedad y con la sofisticación de lo mejor de los escritos provenientes de Europa. (Aquí se podría empezar con La cultura del renacimiento en Italia de Jacob Burckhardt o con El otoño de la edad media de Johannes Huizinga.) Y para una más profunda comprensión de lo que es y lo que hace la historiografía, léase Historical Consciousness de John Lukacs (la primera edición, si es posible).
Hay unas organizaciones de izquierdas que se han arrogado el papel, sin reunir los requisitos morales ni intelectuales para el mismo, de una especie de escuadra de vigilancia con el objetivo de controlar las opiniones de las personas. Pues una de estas, muy desagradable por cierto, tiene la mira puesta en mí, condenándome por "revisionismo" en lo tocante a mis investigaciones sobre la época de la Guerra de Secesión. Sus motivos son de hacer que la gente se aparte de mí horrorizada como de los negacionistas de las atrocidades nazistas. No soy "revisionista" pero nótese que según su supuesto existe apenas una opinión válida y todo desvío de la cual constituye un delito. Las acciones de este tipo sólo pueden calificarse de agitprop soviético de lo más puro. En tiempos pasados el revisionismo significaba un cambio esporádico de perspectiva histórica, suceso inevitable y benigno que era indicio de una sana vida intelectual. Cuando nuestro Gestapo cultural de hoy condena puntos de vista históricos que ahora se hallan en estado de desaprobación oficial, ya no se trata de un llamado revisionismo, sino de aquella infracción que los comunistas solían denominar "desviacionismo".
Clyde Wilson is a retired professor of history at the University of South Carolina.

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"Hasta los 'hechos' a menudo no resultan ser tan firmes como parecían, pues estos, a su vez, han sido seleccionados de entre una amplia gama de posibilidades."
Professor Wilson's use of "facts" ("hechos") with quotation marks reminded me that Alisdair MacIntyre called "facts" a 17th century invention. I wonder (I am not a fluent Spanish speaker, and I have not spent much time in Spanish speaking countries) if it is even necessary to use the quotation marks to convey skepticism to Spanish speakers about the term, "facts," or "hechos." Hecho is the past participle of the irregular verb, hacer, which means basically to do or to make, and as a noun hecho means basically deed, action, etc. Hecho is commonly used, apparently for lack of a better term, to translate "fact" into Spanish, but I don't think this is an exact translation, and I wonder if Spanish speakers have been spared the Enlightenment connotation, which would give them a different, maybe better, way of approaching some of the issues Dr. Wilson raises.
This is an attempt at a literal translation of Prof. Wilson's essay in Chronicles a few months ago, It is very difficult to translate tone and attitude from one culture to another, as Mr. Porreca points out. Until recently at least, Mediterranean peoples, while sometimes too passionate in their politics, have been rarely as gullible.